La historia de las vacunas comenzó hace más de 200 años, desde 1796 cuando se desarrollara la primera vacuna que protegía contra la viruela, una enfermedad que causaba la muerte casi a la mitad de los infectados. La vacuna contra la viruela permitió a la ciencia explorar la posibilidad de utilizar la vacunación para proteger contra otras enfermedades. Ese avance científico permite hoy prevenir 33 enfermedades infecciosas distintas. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la vacunación evita entre 2 y 3 millones de muertes anuales. Es más, en los últimos 50 años, las vacunas han salvado 154 millones de vidas.
Pese a que llevan siglos salvando vidas, los bulos sobre las vacunas se multiplican en las redes sociales y se repiten de manera cíclica. Aquí algunos de los más comunes:
1. Las enfermedades que se previenen ya están casi eliminadas, por lo que las vacunas no son necesarias
Pese a que algunos de los patógenos por los que se vacuna son muy poco comunes, estos siguen existiendo alrededor del mundo. Esto hace que puedan infectar a cualquier persona no protegida y esta contagiar a más individuosno protegidos o con un sistema inmunitario debilitado. Si la mayoría de los individuos se vacuna, la mayoría de la población se inmuniza contra ese patógeno y esto crea la inmunidad de grupo. De esta manera, se previene la propagación de la enfermedad.
El presidente de la Asociación Española de Vacunología, Jaime Jesús Pérez Martín, explica que algunas personas asumen que enfermedades que están eliminadas en nuestro país, como por ejemplo la polio, no existen y, por tanto, no requieren de vacunación frente a ellas. Sin embargo, la única enfermedad erradicada (no existe en ningún lugar del planeta) en la que ha cesado la vacunación es la viruela. El resto de enfermedades infecciosas frente a las que vacunamos están presentes en otros lugares del mundo y bastaría un simple descenso de las coberturas vacunales para que volvieran a circular dichas enfermedades en nuestro medio.
2. Las vacunas contienen productos tóxicos como el mercurio y el aluminio.
Algunas vacunas antiguas contenían timerosal, un conservante que incluye una forma de mercurio denominada etilmercurio. Esta sustancia es diferente del metilmercurio, responsable de la toxicidad asociada a determinadas exposiciones ambientales.
“Numerosos estudios demostraron que el timerosal utilizado en vacunas era seguro. Aun así, por un principio de precaución y para aumentar la confianza de la población, fue eliminado o reducido a cantidades mínimas en la gran mayoría de las vacunas infantiles hace más de veinte años”, indica Lucía López Granados, vocal del Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría (AEP)
Otro ejemplo de ingredientes de las vacunas que se suelen usar en contra de la seguridad de las mismas es el aluminio. El presidente de la Asociación Española de Vacunología explica que el aluminio se añade como adyuvante para potenciar la inmunidad proporcionada por la vacuna. En aquellas vacunas que contienen aluminio las cantidades son mucho menores que las que una persona consume diariamente mediante alimentos, agua o medicamentos.
3. La vacuna triple vírica causa autismo
Es uno de los bulos más difundidos sobre vacunas y, al mismo tiempo, uno de los que ha sido investigado con mayor profundidad. El origen de este mito está en un estudio publicado en 1998 en la revista The Lancet en el que se planteaba una posible asociación entre la vacuna TV y el autismo. “Para entender por qué nació este bulo, los primeros síntomas del trastorno del espectro autista suelen hacerse evidentes entre los 12 y los 24 meses de edad, precisamente cuando se administra la vacuna triple vírica. Esta coincidencia temporal llevó a algunas personas a pensar erróneamente que existía una relación de causa-efecto, pero la coincidencia en el tiempo no implica causalidad”, explica la doctora Lucía López Granados, vocal del Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría. “Al final cuando una enfermedad no tiene una causa clara, se le puede atribuir cualquier cosa”, apostilla Jaime Jesús Martín.
“Años después se demostró que aquel estudio era fraudulento: presentaba graves irregularidades metodológicas, fue retirado por la revista científica que lo publicó y su autor perdió la licencia para ejercer la medicina”, indica la experta. Desde entonces se han llevado a cabo numerosos estudios epidemiológicos en distintos países, que incluyen a cientos de miles e incluso millones de niños. Todos ellos han llegado a la misma conclusión: “Las vacunas no aumentan el riesgo de desarrollar trastornos del espectro autista.”
La doctora señala que uno de los trabajos más sólidos, realizado en Dinamarca con más de 650 000 niños, confirmó que la vacuna triple vírica no incrementa el riesgo de autismo, “ni siquiera en niños con antecedentes familiares o con otros factores de riesgo. Estos resultados han sido corroborados posteriormente por revisiones sistemáticas y metaanálisis de alta calidad.”
La experta recuera que hoy existe un amplio consenso científico internacional. Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y el Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría (CAV-AEP). “Todos estos organismos coinciden en que no existe ninguna evidencia científica que demuestre una relación causal entre las vacunas y el autismo”, dice tajante la experta.
4. Las vacunas causan cáncer
No. De hecho, ocurre precisamente lo contrario: algunas vacunas previenen determinados tipos de cáncer, señalan desde la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Es el caso de la vacuna frente al virus del papiloma humano (VPH), que previene la mayoría de los cánceres de cuello uterino y otros tumores relacionados con este virus, o de la vacuna frente a la hepatitis B, que reduce el riesgo de carcinoma hepatocelular.
“Las vacunas autorizadas pasan por un exhaustivo proceso de investigación y evaluación antes de su aprobación. No existe evidencia de que produzcan cáncer”, señala tajante la doctora Lucía López Granados, vocal del Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría.
5. Las vacunas se fabrican a partir de fetos abortados
Algunas vacunas se desarrollan utilizando líneas celulares humanas obtenidas a partir de dos interrupciones voluntarias del embarazo realizadas en la década de 1960 por motivos totalmente ajenos a la investigación vacunal. “Desde entonces esas células se han multiplicado millones de veces en el laboratorio y no ha sido necesario realizar nuevos abortos para mantenerlas. Es importante aclarar que las vacunas no contienen células ni tejidos fetales”, indica Lucía López Granados.
Durante el proceso de fabricación se llevan a cabo múltiples etapas de purificación que eliminan los restos celulares. Este hecho ha sido explicado por organismos científicos internacionales e incluso por la Pontificia Academia para la Vida, que considera moralmente aceptable el uso de estas vacunas cuando contribuyen a proteger la salud individual y colectiva.
6. Las farmacéuticas desarrollan vacunas antes de que existan los virus para ganar dinero
No. “No hay ni una sola vacuna que se haya desarrollado que el virus o el microorganismo frente al que protege”, asegura tajante Jaime Jesús Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología. El desarrollo de una vacuna solo es posible cuando se conoce el microorganismo responsable de la enfermedad. Para ello es necesario estudiar su estructura, identificar los antígenos capaces de inducir una respuesta inmunitaria protectora y completar años de investigación preclínica y clínica antes de demostrar su seguridad y eficacia.
A veces puede dar la impresión de que una vacuna se desarrolla muy rápidamente tras la aparición de un brote. “Sin embargo, esto ocurre porque la investigación no comienza cuando surge una epidemia. Desde hace décadas, los científicos estudian familias completas de virus con potencial epidémico y desarrollan plataformas vacunales que pueden adaptarse con rapidez a nuevos patógenos”, puntualiza Lucía López Granados.
Así ocurrió con la COVID-19: la tecnología de ARN mensajero llevaba más de veinte años investigándose y los coronavirus ya eran objeto de estudio desde las epidemias de SARS (2002) y MERS (2012). De forma similar, las vacunas frente al ébola fueron posibles gracias a años de investigación iniciada tras los primeros grandes brotes registrados en África.
Es decir, “las farmacéuticas evalúan los posibles riesgos de los posibles patógenos existentes. En función de eso, investigan hacia vacunas que pueden proteger frente a ellos”, agrega Jaime Jesús Pérez Martín. Gracias a esa investigación previa es posible responder con mayor rapidez cuando aparece una nueva amenaza para la salud pública.
7. Las vacunas son obligatorias
“Ninguna vacuna es obligatoria en España”, señala el presidente de la Asociación Española de Vacunología. La vacunación es voluntaria. Sin embargo, las autoridades sanitarias recomiendan las vacunas incluidas en los calendarios oficiales porque ofrecen una excelente relación beneficio-riesgo tanto para la persona vacunada como para la comunidad.
Solo en circunstancias muy excepcionales, contempladas por la legislación y relacionadas con situaciones de grave riesgo para la salud pública, podrían adoptarse medidas extraordinarias. “Por ejemplo, en un contexto de un brote si lo marca un juez. Esto sucede por dos motivos. La vacunas tienen un componente de protección individual, pero también tiene un componente de protección grupal, incluso de aquellas personas que no se pueden proteger por sí mismas porque tienen contraindicadas las vacunas”, agrega. “Si no te vacunas y me proteges, igual yo me muero”, ejemplifica Jaime Jesús Pérez Martín.
8. Las vacunas no son efectivas
Todo lo contrario. Las vacunas han permitido erradicar la viruela, eliminar la poliomielitis de la mayor parte del mundo y reducir drásticamente enfermedades como el sarampión, la difteria, el tétanos, la meningitis por Haemophilus influenzae tipo b o la enfermedad neumocócica invasora.
“Ninguna vacuna ofrece una protección del 100 %, pero todas las autorizadas han demostrado una elevada eficacia para prevenir enfermedad grave, hospitalización, secuelas y fallecimientos”, resalta la doctora Lucía López Granados.
Además, cuando las coberturas vacunales son elevadas, también protegen indirectamente a las personas más vulnerables gracias a la inmunidad de grupo.
9. Las vacunas de ADN o de ARN modifican nuestro ADN
No. Las vacunas de ARN mensajero nunca entran en el núcleo de las células, que es donde se encuentra nuestro ADN. “El ARN permanece en el citoplasma durante un corto periodo de tiempo para producir una proteína que estimula la respuesta inmunitaria y posteriormente se degrada de forma natural en dos o tres días, ese es el ciclo biológico de la vacuna”, explica Jaime Jesús Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV). “Las vacunas basadas en ADN tampoco modifican el genoma humano. No existe ningún mecanismo biológico demostrado por el que estas vacunas puedan integrarse en nuestro ADN”, agrega Lucía López Granados.
En definitiva, las vacunas enseñan al sistema inmunitario a reconocer un microorganismo, pero no alteran la información genética de las personas.
10. Las vacunas sobrecargan el sistema inmunitario de los niños
No. El sistema inmunitario de un recién nacido está preparado para responder simultáneamente a miles de microorganismos presentes en el ambiente. “En comparación con esa exposición diaria, la cantidad de antígenos contenidos en las vacunas es mínima. De hecho, aunque actualmente los calendarios vacunales incluyen más vacunas que hace décadas, el número total de antígenos administrados es muy inferior al de las vacunas antiguas gracias a los avances tecnológicos”, indica la experta.
Las vacunas no debilitan ni saturan el sistema inmunitario; al contrario, “lo entrenan para reconocer determinados microorganismos sin necesidad de padecer la enfermedad” , subraya Lucía López Granados.
La respuesta inmunitaria de las vacunas es similar a la que se produce por una infección natural. Sin embargo, “las ventajas de la vacunación es que, pese a que la inmunidad generada es parecida, se evita la enfermedad como tal: sus síntomas y sus complicaciones, que pueden ser muy graves”, explican desde la página web del Hospital Clínic de Barcelona.
These materials were developed in 2026 for the Prebunking at Scale project, with support from the European Fact-Checking Standards Network (EFCSN)/ Estos materiales se elaboraron en 2026 para el proyecto Prebunking at Scale, con el apoyo de la European Fact-Checking Standards Network (EFCSN).
Fuentes
Jaime Jesús Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología
Lucía López Granados, vocal del Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría (AEP)
Organización Mundial de la Salud (OMS)
Página web del Hospital Clínic de Barcelona
