4 de septiembre de 2023. Elena e Ignacio sostienen en brazos a su hija Claudia por primera vez. Todo transcurría con normalidad hasta la revisión de los tres meses, cuando los médicos detectaron que tenía hipotonía: una disminución del tono muscular que puede retrasar hitos como gatear o caminar. Los especialistas no le dieron mayor importancia y recomendaron fisioterapia y ejercicios de estimulación para fortalecer sus músculos.
Pese al paso del tiempo, Claudia seguía sin poder erguir la cabeza, lo que marcó el inicio de un largo periplo médico. El punto de inflexión llegó en urgencias: “La neuróloga de guardia se fijó en algunos rasgos físicos de la niña, pidió una analítica genética y ahí salió la mutación”, recuerda Elena, su mamá. Claudia tiene deficiencia de la proteína D-bifuncional (DBP), una patología metabólica hereditaria causada por una mutación en el gen HSD17B4. Claudia tiene una enfermedad rara. Aquí puedes conocer su historia.
Aunque poco conocida, esta proteína resulta vital: es la encargada de que los peroxisomas descompongan grasas y eliminen toxinas celulares. Cuando la proteína D-bifuncional no funciona correctamente, estas grasas no pueden procesarse y se acumulan de forma progresiva, causando un daño irreversible en el sistema nervioso, especialmente en el cerebro y la médula espinal.
¿Qué es una enfermedad rara?
En el ámbito de la Unión Europea, una enfermedad rara como la que afecta a la pequeña Claudia se define como aquellas que tienen una prevalencia menor de cinco casos por cada 10.000 habitantes. Independientemente de su prevalencia, “las enfermedades raras se caracterizan por ser crónicas, debilitantes y costosas que necesitan cuidados especializados, huérfanas porque no tienen tratamiento o si lo tienen, en la mayoría de los casos no es muy efectivo y, en general, son desconocidas lo que supone en ocasiones errores y retrasos en el diagnóstico”, describe José María Millán, investigador y actualmente como director científico del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras (CIBERER).
Se estima que existen entre 6.000 y 8.000 enfermedades raras diferentes y que una proporción muy importante, en torno al 80%, tiene un origen genético. Esta diversidad explica la complejidad de su diagnóstico. Según señala la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER) “la media de tiempo para acceder al diagnóstico en nuestro país es superior a 4 años, llegando en un 20% a tener que esperar más de una década.”
A veces ponerle nombre a una enfermedad rara supone una espera de toda una vida. “Vivir sin diagnóstico significa no saber el nombre de la enfermedad que tienes o que tiene tu familiar, no saber cómo va a evolucionar o qué vendrá después. Significa lidiar con las consecuencias de la no obtención de un diagnóstico, que, por supuesto, impactan gravemente en las personas que conviven con la sospecha de padecer una enfermedad poco frecuente, y también en su familia, ya que la persona no cuenta con tratamientos ni terapias adecuadas”, agregan desde esta asociación.
De hecho, sólo un 6% de las enfermedades raras cuentan con tratamiento farmacológico. Aún más grave que el retraso en el diagnóstico es la situación de quienes viven sin un nombre para su enfermedad, al presentar síntomas que todavía no figuran en la literatura médica.
Pacientes que impulsan la ciencia
En España, instituciones como el Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras (CIBERER, del ISCIII) o la Red de Enfermedades Raras del CSIC (RER-CSIC) se dedican a conocer la causa de la enfermedad y qué mecanismos biológicos están alterados.
“Para ello utilizamos técnicas de secuenciación genética de nueva generación, estudios celulares y moleculares, modelos animales, organoides y herramientas de bioinformática e inteligencia artificial”, señala el investigador José María Millán. Con este propósito, el CIBERER se apoya en iniciativas como las Acciones Cooperativas y Complementarias Intramurales (ACCI), los Proyectos de Investigación Traslacional (PIT) o la línea de Terapias en Enfermedades Raras (TER), que impulsan la colaboración entre sus diferentes grupos de investigación.
«Es fundamental que el paciente forme parte del proceso, ya que las asociaciones y los propios afectados son el motor de la investigación; nos ayudan a identificar las necesidades prioritarias y a orientar los proyectos hacia problemas con un impacto real en su vida cotidiana», explica Millán. Aquí es donde ciencia y familias se unen. Muestra de ello es El Reto de Claudia, una plataforma que busca financiación para poner en marcha la terapia génica que la niña necesita.
En este escenario, los registros de pacientes se consolidan como una infraestructura estratégica. A fecha de junio de 2026, la plataforma GENRARE reúne 11 registros activos con más de 7.850 pacientes, 74 hospitales de 16 comunidades autónomas y más de 296 colaboradores. Esta herramienta permite centralizar datos clínicos esenciales que, de forma aislada, resultarían insuficientes para emprender determinados estudios.
Por su parte, agrega el experto, los biobancos constituyen otro elemento indispensable, explica Millán. Con este fin opera el CIBERER Biobank (CBK), una plataforma que centraliza la recepción y custodia de muestras biológicas de alto valor para la investigación en todo el país.
Pocos casos, escasa financiación y mucho por hacer
Millán explica que para investigar una enfermedad que afecta a muy pocas personas se necesita localizar a esos pacientes y reunir información procedente de diferentes hospitales y países. “Por eso las redes de colaboración y los registros son tan importantes”, agrega.
El segundo gran desafío es el diagnóstico. “Aunque hoy disponemos de herramientas genómicas extraordinariamente potentes, todavía encontramos pacientes para los que no podemos identificar la causa de su enfermedad. El genoma contiene una enorme cantidad de información y debemos distinguir cuáles de las variantes encontradas son realmente responsables de la enfermedad”, explica. Para acelerar estos hallazgos y ofrecer respuestas a estas familias, es imprescindible garantizar una financiación adecuada que permita avanzar en estas investigaciones.
De forma paralela, se suma la conexión de datos. La genómica aporta una fuente de información clave, pero el verdadero reto radica en combinarla con la historia clínica y otros factores biológicos. Gracias a la inteligencia artificial y al análisis masivo de datos, se podrá traducir todo este aprendizaje en tratamientos concretos. Y, por supuesto, es fundamental llevar la teoría a la práctica: conseguir que los avances en investigación lleguen a las personas que los necesitan. No basta con descubrir un nuevo mecanismo molecular o identificar una nueva alteración genética; resulta imprescindible transformar ese conocimiento en un diagnóstico útil y, cuando sea posible, en una terapia efectiva como la que necesitan Claudia y su familia.
Fuentes
José María Millán, investigador y actualmente como director científico del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras (CIBERER)
Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER)
